Del Río Nazas para el mundo

22 de septiembre de 2014 01:36 PM

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Por:   Diana Leticia Nápoles

Torreón, Coahuila. Un día los sorprendieron con la noticia de que se iban a Europa, que ya todo estaba listo: los boletos de avión, sus anfitriones esperándolos al otro lado del Atlántico y las reservaciones en el hotel. Ese día, los tres cardencheros de Sapioriz supieron que su manera de ver el mundo cambiaría, irían a París, una ciudad que ni en sueños se imaginaron que llegarían a pisar.

Hay tres hombres sentados en la sala de espera del aeropuerto. Han de andar rondando los sesenta años; visten pantalón de mezclilla, guaripa beige y unas botas ‘todo terreno’. Conversan entre ellos y se quedan mirando de reojo. Traen la camisa arremangada hasta los codos, el pelo corto y las expectativas mezcladas con las palabras.

Su piel es morena, y quizá les dedicaron un: ojos negros, piel canela durante su juventud, porque a alguien debieron hacer desesperar. Tienen el sombrero bien puesto, los labios apretados y el miedo recorriéndoles los huesos. Están a punto de abordar el avión que los llevará a París, Francia. A pesar de que no es su primer viaje al extranjero están nerviosos porque saben que su vuelo durará once horas y ellos nunca antes habían estado tanto tiempo “en el aire”.

Están acostumbrados al campo, a echarse un chapuzón de vez en cuando en uno de los brazos del río Nazas que baña los patios de sus casas, a irse a trabajar las tierras de sus patrones y volver a la tarde, a esa hora en la que el silencio se estaciona en Sapioriz, un ranchito a las afueras de la ciudad de Lerdo, Durango.

Allá la vida transcurre más lento, se oyen las campanadas de la capilla que está al lado de la plaza, los chamacos corren por los caminos aterrados y cuando se aburren se van al río, allá hay una gran arboleada y mucho qué conquistar. Acá nadie se anda deprisa; los pobladores caminan a paso lento y cada vez que ven pasar a un fuereño levantan la mano o el sombrero para saludar.

Los cardencheros son portadores de una de las tradiciones orales más apreciadas en México. Les dicen así porque ése es el nombre de su canto, cardenche; uno que interpretan a capela, sin utilizar ningún instrumento musical para interpretar sus canciones.

La tarde está cayendo. Las mujeres sacan sus sillas afuera porque a esas horas ya se siente un poco el fresco. A la casa de Fidel llegan Lupe y Toño con las manos detenidas en los bolsillos. Lo saludan y le preguntan si quiere aventarse una cancioncita. Entonces se acomodan ahí, entre el público que son sus familias, y después de aclararse la garganta comienzan a cantar.

Es un canto triste, como un lamento que se extiende por el aire. Tres voces con diferentes tesituras -la voz fundamental o central, la de arrastre o marrana y la contralta-, se mezclan sin unirse. Los hombres cantan de pie, como si estuvieran leyendo la siguiente estrofa en los ojos de los que tienen enfrente. Uno va sintiendo como un dolor queda, como una pérdida; es el sonido de la negativa, de la decepción. Por ahí por donde está doliendo, es por donde suena el cardenche.

Los cardencheros combinan el canto con espacios de silencio. Hay momentos de gran sonoridad y otros de absoluto silencio, los cuales se producen a capricho de los intérpretes.

Este canto es una expresión de la tradición polifónica popular de México. Como manifestación cultural tiene elementos de alta complejidad musical; algunos componentes pueden ubicarse en la música barroca y en el período romántico, asegura el Jefe de la Unidad Regional de Culturas Populares Durango, Gerardo Iván García Colmenero..

Pero, ¿cuál es su origen de esta tradición centenaria? A pesar de que se han realizado estudios etnológicos y etnomusicales no se ha logrado determinar con exactitud, aunque se tienen algunos indicios de que surgió en Zacatecas. Los mayores cuentan que ahí escucharon por primera vez este tipo de canto, interpretado por misioneros religiosos, quienes después adaptarían esta tradición a sus propias expresiones.

Por aquel entonces la configuración actual del canto cardenche aún no estaba completa, pero no tardaría en hacerse de estos y otros elementos. Poco a poco la migración de jornaleros o bonanceros que llegaban para trabajar los cultivos de La Laguna fueron trayendo consigo el canto, hasta crear lo que hoy conocemos como cardenche. Algunas teorías mencionan que debido a la pobreza de sus intérpretes, así como a la ausencia de instrumentos musicales, esta tradición se mantuvo polifónica..

Este canto se caracteriza por interpretar letras de desamor, en las que el enamorado no encuentra reposo para sus penas. Algunos de los títulos son: “Chaparrita por tu culpa”, “No estés triste corazón”, “Preso me encuentro”, entre otras.

Este fragmento forma parte de la canción “Yo ya me voy a morir a los desiertos”, una de las más conocidas. El libro La Canción Cardenche. Tradición musical de la Laguna (2012), compilado por Alfonso Flores Domene y editado por la Unidad Regional de Culturas Populares Durango, el Instituto de Cultura del Estado de Durango (ICED) y el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (CONACULTA), reúne la letra de más de cuarenta canciones y la de algunos corridos acardenchados.

Fidel Elizalde, uno de los cardencheros de Sapioriz, dice que aunque ya habían andado mucho a nivel nacional éste viaje fue especial. Cuenta que sentían miedo y que subieron al avión con temor, pues fue algo muy duro, difícil. “Uno siempre va pensando en que se le acaba el gas al avión, que se le revienta una tripa, y luego que uno va viendo puro mar y todo eso. Nosotros somos gente de campo. Gracias a Dios por lo de esta tradición, por lo de este canto, pues nos ha tocado andar mucho en avión, pero ese viaje era súper especial”, dice.

A nivel nacional ellos habían estado en ciudades como Culiacán, Las Mochis, Querétaro, Ciudad de México y otras. También visitaron San Antonio, Las Cruces, Washington y Nueva York. El primer viaje al extranjero lo hicieron a El Paso, Texas, en El Chamizal. “Nos llevó el consulado de Estados Unidos, allá por los noventas”, dice Guadalupe Salazar, Lupe, quien interpreta la voz de arrastre o ‘marrana’ en este canto.

Después de ese viaje siguió el de San Antonio, de ahí fue Washington y luego Nueva York, completa Fidel. París, Washington y Nueva York, han sido las tres ciudades más importantes en su carrera, porque ni en sueños se imaginaban llegar a esos lugares a través de esta tradición; para ellos fue algo muy significativo, una experiencia inolvidable. “Eso nos lo vamos a llevar”.

Visitar ciudades, conocer la orilla del mundo, cruzar el océano, suelen ser los deseos de quienes habitan ‘del otro lado del charco’. Pero eso no estaba en los planes de Fidel, quien tiene siete hijos y dieciséis nietos; o de Toño, padre de cuatro muchachos y abuelo de dieciocho criaturas; y tampoco en los de Lupe, el juez cardechero de Sapioriz, quien tiene en su haber seis hijos y la mitad de nietos de su compadre Fidel.

Al Viejo Mundo los invitó una señora llamada Josefina, a la que le dicen Yoselín, “era de lo de la cultura”, señalan. Cuando estuvieron en La Casa del Lago (en México, DF) ella los escuchó, y después de esa presentación se quedó con las ganas de llevarlos. Antes de irse, les dieron el recado de que había una señora que quería llevarlos a París. Ellos dijeron: “Nooo, hasta París”. Y pasaron los días. Como al mes, Francisco Cázares (el entonces Jefe Interino de la Unidad Regional de Culturas Populares Durango, quien se desempeñó en el cargo de octubre de 2010 a julio de 2011), habló con Fidel y le dijo que iba camino a una junta en la Ciudad de México, porque la señora, la Yoselín, estaba que se los quería llevar. Ante ello, Fidel le contestó: “No, pues qué bueno, arráncate pa’ México”.

Y así fue como se formalizó la visita de los cardencheros de Sapioriz a ‘Las Europas’. Se firmaron los documentos correspondientes y Fidel relata que cuando Cázares Ugarte venía de regreso, le marcó por celular y le dijo que ya no se aguantaba a decirles hasta llegar a Sapioriz, “te voy a decir desde ahorita: ¡nos vamos a París!”.

El jolgorio, las risas y los ánimos se encendieron ese día. Los cardencheros cuentan que les dio mucho gusto porque sabían que irían a conocer lo que nunca se imaginaron. “Ni en el sueño siquiera”, corrobora Toño, esbozando la sonrisa de quien rememora una gran alegría. Sus familias también estaban emocionadas por la noticia y sus hijos les pedían que se los llevaran entre el equipaje.

Los cardencheros alistaron sus maletas y se despidieron de Sapioriz, orgullosos de asistir a otro continente como representantes de su cultura. Fue así como emprendieron el viaje. Lupe recuerda que cuando entró al avión lo miró muy amplio, muy grandote, y que la persona que estaba checando los boletos le dijo que se fuera por todo ese pasillo hasta el final. Él se quedó mirando y le contestó que aquello se le afiguraba el Salón del Tecate. El cardenchero explica que cerca del sector Alianza de Torreón, Coahuila, la región del centro en la que se extienden comercios de abarrotes y vendedores ambulantes a granel, había una cantina popular muy grande llamada “El Tecate”. “Ya no está, ya lo cerraron”, interviene Antonio Valles, conocido como Toño, el cardenchero de la voz media.

En ese vuelo, a ellos les tocó sentarse en la fila 55 de 57. Cada línea tenía diez asientos, por lo que iban más de quinientos pasajeros a bordo. Mientras se acomodaban, la persona que revisaba los boletos le preguntó a don Lupe si no le daba miedo viajar, a lo que él contestó que no, porque no iba solo. En esa ocasión también viajaba con ellos Francisco Cázares Ugarte.

Pero una vez que el temor se disolvió, inició el disfrute. Toño dice que ya no se querían regresar de allá pa’ acá. Y Lupe agrega que andando en París ya no se acordaban mucho, “’Taba bonito, puro paseo todos los días”.

Un nuevo clima los recibió. Camino del aeropuerto al hotel, Fidel dice que lo primero que percibieron fue a la gente: “Hay una gente muy bonita, muy respetuosa, y luego pues que ahí no hay obesidad; pura gente delgadita, grandota, muy diferente”. También comenta que los atendieron muy bien, ya que al llegar al hotel les indicaron en qué lugar se realizarían las presentaciones. Además, desde el primer día les dieron una feria para gastar, “246 euros para que no anduviéramos sin nada”, y también les asignaron una traductora, que se encargó de trasladarlos para que conocieran la ciudad.

Los cardencheros cuentan que el metro les quedaba enfrente de su hotel. Los doce días que duró su estancia salieron de paseo, pues no hubo una sola fecha en que permanecieran todo el día en el hotel. Se subieron a un barco en el río Sena, estuvieron en el Museo del Louvre, en la Torre Eiffel, se tomaron fotos; bueno, se las tomó Francisco Cázares en una laptop y nunca se las pasó. “Y le preguntamos a cada rato porque él las tiene todas”.

También explican que en la última entrevista televisada, realizada por Carlos Loret de Mola en la Ciudad de México, se ven algunas fotografías de ellos en la Torre Eiffel; por ello, suponen que Loret consiguió que le enviaran algunas imágenes, pero a ellos no les han enviado nada. “Las sacaría de internet, ¿no?”, piensa Lupe.

Este viaje se convirtió en una docena de amaneceres franceses que los hicieron vivir realidades inesperadas. Fidel cuenta que todo el santo día se la pasaban de arriba para abajo, hasta que llegara la hora en que se presentaban en el teatro.. Eran: dos días de presentaciones y un día de descanso, dos de presentaciones y uno de descanso.

También dice que es un gastazo muy grande el que hace la gente con ellos, recalcando que éste fue un viaje muy grande, muy pesado. “Imagínese, doce días en hoteles, en restaurantes, lo que se nos antojara”. Lupe dice que también tenían despensa en la cocina del hotel por si les daba hambre o si querían prepararse algo de comer. Pero aunque contaban con todos los ingredientes para cocinar lo que quisieran, ni ganas les daban por andar en la calle.

Uno de los rasgos más sobresalientes de cualquier cultura es su gastronomía.. La sorpresa de los señores de Sapioriz creció cuando degustaron los platillos de los restaurantes parisinos. Al recordar su primera comida, Fidel dice que luego luego se fueron por la chuleta. “Usted sabe que en estos restaurantes, ¿dónde va uno a pedir unos tacos?”.

Por su parte, Lupe cuenta que una vez los llevaron a un restaurancito y les dijeron que pidieran refresco o lo que quisieran. Entonces, ellos optaron por un café, pero jamás se imaginaron que en París los cafés no se preparaban como en México. “Que nos van llegando con una tacita así (señala con los dedos unos cinco centímetros), chiquitita, y el café bien amargo, ¿verdad?”, exclama mientras se codea con Fidel, quien responde “Sí, como atole”. Por otra parte, Fidel reconoce que lo que sí es tradicional de allá es que siempre ponen una tequilera de agua natural en la mesa.

En su peregrinar por los restaurantes, Lupe recuerda que un mesero se río cuando le preguntó qué iba a tomar y él respondió que una Coca. Él dice que se río porque allá toman pura agua o vino tinto, ya que la Coca Cola cuesta casi seis euros, y por aquellos años el euro rondaba los dieciocho pesos, lo que se traduce en un costo de alrededor de 108 pesos. De igual forma, cuando Fidel pidió un refresco, Francisco Cázares le dijo que acababa de pedir la Coca más cara de tu vida. A lo que éste soltó un: “Hijo de la fregada, ya ni modo”.

En su recorrido gastronómico los tres hombres de voces talladas por el canto, se encontraron con comidas raras. “Aunque uno diga que no, el ese queso fundido, un platón así que le dan a uno, ¿aquí cuándo come uno eso?”, dice Fidel. También comenta que la traductora procuraba llevarlos a lugares donde hubiera comida más o menos normal. Lupe dice que durante su último día en París los llevaron a un restaurante de comida mexicana llamado “Sol y Luna”, donde finalmente pudieron degustar uno que otro antojo conocido.

A pesar de no compartir la misma lengua, los cardencheros no tardaron en causar simpatía entre los parisinos, quienes volteaban a mirarlos por sus sombreros amplios. Un francés se detuvo a preguntarles: “Oigan, ¿ustedes son meccicanos?”. Cuentan que el hombre no podía pronunciar bien-bien el español y que después de la pregunta empezó a cantarles “La cucaracha” ahí en la calle: La cucaracha, la cucaracha, ya no puede caminar, les decía por el sombrero. Y luego unos decían: “Oh, cowboys”, y otros gritaban: “¡Hey!”, mientras con mímica fingían tocar una guitarra. Lupe dice que quizá los creían mariachis o que eran de algún grupo por los sombreros.

Sin embargo, fuera de las bromas como recién llegados, los cardencheros presentaron su canto a los franceses en un teatro. Cuentan que antes de empezar les entregaban un librito a los asistentes con las traducciones de las canciones en francés y en español. Fidel narra que al comenzar sólo decía el nombre de la canción y luego la entonaban, ofreciendo un repertorio de doce canciones por día. También recuerda que a veces ya estaban abajo del escenario y la gente todavía seguía aplaudiendo. “Una pobre señora hasta se cayó por los escalones”, rememora Lupe, mientras Fidel completa: “Se vino rodando, venía a saludarnos. Y luego estaba oscurote”. Después, reitera que regresaron muy agradecidos del trato que recibieron y de la gente que conocieron allá.

Como recuerdo para sus familias trajeron relojes, unas prendas parecidas a rebozos con la Torre Eiffel dibujada, llaveritos y otras curiosidades, menos las fotos, explican. Lupe señala que él quería fotografiar con su celular la Torre, pero no alcanzaba a tomarla completa, por lo que Francisco Cázares le dijo que no se apurara, que él se la pasaba, pero Toño repite que todavía no les han enviado las imágenes.

Como buenos turistas, los cardencheros salían a dar la vuelta por París incluso sin guía.. Estaban maravillados, felices de encontrar tantas novedades a unos cuantos pasos de su estancia. Se veían a sí mismos como extraños en una tierra que sólo habían visto por televisión. Sus pasos se guiaban por el instinto y la emoción de ir descubriendo aquel mundo que se les metía por los ojos y los iba anegando, hasta botarles como risa por la boca y la mirada.

Comentan que la Torre Eiffel les quedaba muy cerca del hotel, por lo que se iban a pie. Algunas veces la traductora no los acompañaba pero ese no era ningún impedimento porque ellos agarraban camino solos. Además, el teatro donde se presentaban les quedaba también a unas cuantas calles.

Por su parte, Fidel cuenta: “Ahí afuera del Museo de Laubre (Louvre) nos topamos a unos de Saltillo. Nos conocieron por los sombreros, eran estudiantes, estaban chavos. Nos dijeron: ‘Quiubo, ¿pues de dónde son ustedes?’. Les dijimos: ‘Pues nosotros somos de Lerdo, ¿y ustedes?’. ‘No, somos de Coahuila’”.

Lupe cuenta que sí encontraron mexicanos. Dicen que vieron a una señora gordita y pensaron que ella también era mexicana; la mujer venía cruzando la calle y los encontró. Cuando se pusieron a platicar corroboraron que era paisana. Ella les preguntó qué hacían y los señores le contaron que venían a cantar a un evento cultural, incluso le indicaron cómo llegar al teatro donde iban a presentarse y ella confirmó que en la tarde iría a verlos.

Durante su estancia también hubo tiempo para pasear en barco por el río Sena que está a las orillas de París, una de las principales atracciones turísticas que desemboca en el Océano Atlántico. “Muy bonito oiga, nos trajeron paseando, sacando fotos y todo eso. También conocimos catedrales, museos, todo. El arco donde está una llama siempre [Arco del Triunfo] nos llevaron ahí, a los campos elício s[Campos Elíseos]. Hace unos días todavía estuvimos viendo las monedas que trajimos; una de dos euros, otra de un euro”, exclama Fidel.

Los cardencheros cuentan que siempre tendrán un grato recuerdo de esta experiencia; por el contrario, Lupe señala que donde sí extrañaron la comida fue en Washington. Dice que ahí les dieron una comida muy rara, muy fea; ahí doce días se les hicieron eternos. Tanto así que él recuerda que a los seis días se preguntaban impacientes cuándo regresarían a México porque ya no estaban a gusto.

Aunque los cardencheros de Sapioriz ya habían viajado con anterioridad a Estados Unidos, su viaje a la capital del país fue uno de los eventos más importantes en su trayectoria. Nuevamente durante una presentación en México fueron escuchados por quienes serían sus anfitriones un tiempo después.

Esta vez los invitó una señora llamada Olivia. Los señores piensan que México ha sido el trampolín para que ellos ‘brinquen’ a otras ciudades. Todo comenzó cuando estaban en el Museo de Antropología en México, “cantando también como a estas horas -dios guarde la hora-” y había unos gringos al frente. Los cardencheros veían que los extranjeros secreteaban entre ellos. Cuando bajaron del escenario para ir a los comedores se les acercó la señora Olivia, una persona de la tercera edad, y les preguntó que dónde estaban hospedados. Cuando los cardencheros le contestaron la mujer comentó que ellos también estaban en ese hotel y propuso que se reunieran durante la cena para echar una platicada, luego de lo cual les preguntó si les gustaría ir a Washington. Los cardencheros, presurosos, contestaron: “Sí, cómo no”.

Y así fue como acordaron llevar a cabo el encuentro que los llevaría a uno de los festivales culturales más importantes de la ciudad, que se lleva a cabo en el National Mall de Washington, DC. Cuando llegaron a la cena encontraron a cinco personas esperándolos. “Pero ella era la mera buena”. Olivia les dijo que estaban interesados en llevarlos a Washington. Lo primero fue preguntarles si tenían papeles (visa y pasaporte), a lo que los cardencheros contestaron que sí porque ya habían viajado antes a San Antonio, Texas. Después, les aclaró que el concierto para el cual los estaba considerando sería hasta dentro de un año. “Uuuuh”, fue la reacción que se dejó oír. A lo que Lupe agregó que a lo mejor para ese entonces ya no estaban vivos.

Sin embargo, en palabras de Fidel, “un año se va como nada”. Seis meses después de la cena, ya se encontraban arreglando la papelería y realizando los trámites necesarios para emprender el viaje. Ya sólo era cuestión de esperar la fecha, y así fue. Francisco Cázares les dijo que ya tenía listo todo y se fueron a Washington. Se trataba de un evento de talla internacional. “Era el Mitzonia (Smithsonian Folklife Festival). Ahí estábamos cerquita de la Casa Blanca”, recuerda Fidel.

A pesar de que no pudieron pasear tanto como cuando estuvieron en París, los cardencheros cuentan que los llevaron en un autobús “a donde hacen la lana”. Les dijeron que ahí hacían los billetes, recuerda Lupe. Cuando llegaba la noche los llevaban de paseo en un autobús para que disfrutaran de la iluminación de los edificios, cuenta Fidel, quien se sorprendía de ver la ciudad viviéndose a cualquier hora.

El festival se realizaba al aire libre. Ellos recuerdan que todos los días había un gentío bárbaro. Relatan que en Sapioriz los visitaba un señor de Colorado, y que cuando se dio cuenta de que estaban en Washington no dudó en ir a verlos. Ese día, mientras cantaban, se sorprendieron al verlo entre el público haciéndoles señas. Estuvo con ellos cuatro días.

Cuando recién llegaron les asignaron un paquete con boletos que podían canjear por comida. Los tickets eran de uno, dos y cinco dólares. A cada quien le daban su ramillete de boletos con los que tenía que alimentarse durante los días que estuvieran ahí; si alguno gastaba más de lo debido no completaría para todo el viaje. “Era para que uno comiera bien, pero a nosotros no nos gustaba la comida, nos sobraron dólares”, señalan.

Al hablar de la gastronomía, los señores dicen que eran unas comidas muy diferentes: arroz blanco, verduras cocidas, sin chile, señalan, mientras alegan que ellos están muy acostumbrados al picante. “Y luego las tortillas que parecía que se las habían quitado al tuerto, oiga; puros pedazos, frías, feas-feas. Eso sí, puro pan, y uno que no está impuesto”, cuenta Fidel, quien en Sapioriz siempre acompaña sus comidas con tortillas calientitas.

Asimismo, recuerda que el festival se realizaba en junio, mes en el que se dan los chilares (terreno poblado de chile) en la labor que ellos trabajan. Los cardencheros cuentan que en Sapioriz agarran un chilote y lo acompañan con una tortilla, mientras que en Washington no pudieron consumir nada que tuviera picante. Decían: “Uh, imagínate cómo estaríamos allá comiéndonos nuestra tortillota con chile”.. También recuerdan que un chavo de Guerrero que también había ido al festival contaba los días para poder regresar.

En su desesperación por encontrar algo para poder saldar la deuda con su paladar, fueron a probar comida china e hindú. “Unos mugreros así (señala con la mano una pulgada) que parecían tamales. Pero comidas no-no-no, sin sabor. El refresco casi hasta sin gas. Muy feo”, confiesa Fidel.

Lupe dice que no estaban impuestos a este tipo de comida, y aunque piensa que los norteamericanos se alimentan más nutritivamente “sin sal, sin gas, sin nada”, para ellos todo aquello no era habitual. Incluso dice que cuando él va a un bufet siempre se sirve frijoles y chilaquiles.

Por otro lado, los señores de Sapioriz explican que casi no salían a pasear, porque regresaban tarde al hotel. Dicen que salían cuando los llevaban a dar la vuelta en el camión, pero caminando no. Un día los llevaron de compras para ver qué les gustaba. Don Lupe dice que se fijó que allá las autoridades eran muy aguzadas porque les dieron a cada uno un mapa donde les señalaron por dónde entrar y salir a cada lugar. También les dieron un papelito para que le avisaran a cualquier policía en caso de que se extraviaran. “Nos cuidaban bien”, dice Fidel.

Al comentar la experiencia, recuerdan que no tuvieron mucha oportunidad de andarse paseando porque una persona se encargaba de señalarles cada tanto que ya pronto sería su turno de salir al escenario. Hasta tres veces al día llegaban a ser solicitados en el escenario. “Mire, no le miento, pero las carpas estaban como de aquí a la esquina de la casa aquella (señala con el dedo)”, dice Fidel. Después, Lupe agrega que algunas veces el público estaba disperso y que apenas ellos subían al escenario el espacio se volvía a llenar. “Ya vamos progresando”, afirma mientras sonríe enseñando los dientes.

Aunque no pudieron comprar tantos recuerdos para sus familias porque los precios les parecían altos, los señores dicen que estuvieron muy bien atendidos, prueba de ello es que los llevaron a la embajada. Recuerdan que esa noche comieron muy bien. El embajador los invitó a cenar taquitos. Los cardencheros cuentan que aún conservan el reconocimiento que recibieron durante esa visita. “Nada más siento que no estuvimos tan contentos con la comida”, reitera Fidel.

También explica que allí sí pudieron hacer amigos porque había personas de Durango, Zacatecas, Guerrero y otros estados. En el evento unos estaban haciendo guitarras, otros hacían bandolones y jaranas. Había manualidades, de todo. Esas personas les preguntaban qué hacían ellos y como estuvieron doce días ahí, sí pudieron hacer amigos y convivir más.

Pero donde duraron poquito, relata Fidel, fue en Nueva York, pues la estancia duró apenas tres días.

Por tercera ocasión, la invitación para viajar al extranjero fue de parte de un particular. Ese muchacho llegó a Torreón, Coahuila, diciendo que venía de Estados Unidos y que quería platicar con ellos. Entonces, se citaron en un restaurante y ahí les contó que no perdía la esperanza de llevarlos un día a Nueva York. Ante la noticia, ellos mostraron su disposición con un: “No, pues ’ta bueno”. Según los cardencheros el hombre también manejaba algo de la cultura. “Le cantamos aquí y le gustó mucho”, relata Fidel.

Don Lupe se sonríe de repente porque le viene un recuerdo a la cabeza, habla de que allá estuvieron codeándose con Plácido Domingo, con Tongolele, “la del copetito”, y Jacobo Zabludovsky, quienes eran invitados. Puros famosos. Además estaban en el piso 76 de un gran edificio, casi tocando la punta del cielo. Al mirar abajo veían una pista de patinaje con las banderas de todas las naciones. “Ahí estuvimos. En la cima”, cuenta Fidel.

Dicen que el aire estaba heladote y que ahí sólo tuvieron una presentación. Cantaron dos canciones y a la persona que los llevó le cantaron otras dos afuera del evento. Cuando el encuentro iba a dar comienzo dio la casualidad de que la actriz Yolanda Yvonne Montes Farrington, conocida como Tongolele, no podía subirse a su silla, que era muy alta, por lo que Lupe y Francisco, muy acomedidos, se ofrecieron para levantar a la bailarina y subirla hasta el banquillo. En su defensa, Lupe explica que ella es chaparrita, mientras que las sillas estaban altotas; entonces, entre Paco y él la cargaron cada quien de una mano y lograron subirla.

Además, comentan que los días que no tuvieron presentación visitaron algunos lugares de la ciudad, aunque ellos llegaron a sentir que los tenían encerrados. Sin embargo, a veces se iban solos a dar vueltas por ahí.

Para Fidel bonito-bonito fue el viaje a París, a él le pareció más placentero y dice que ahí sí pudieron darse vuelo por todo; porque traían dinero, conocieron y se pasearon. “Muy bonito”, recuerda. También agrega que ellos han tenido otras invitaciones, por ejemplo una a China y otra a Austria, pero ambas se cancelaron antes de llevarse a cabo. Don Lupe insiste en que para él “París fue lo más”, mientras que Fidel dice que a él todavía le gustaría conocer Los Ángeles, California, porque ahí hay mucho mexicano, como en San Antonio.

Respecto de ese viaje a Texas, cuentan una anécdota que les avienta la risa afuera de los dientes antes de empezar a narrarla. La historia comenzó cuando salieron a cenar a un restaurante donde se fotografiaron con unas muchachas. Entre risas, los señores confiesan que ese retrato jamás llegó a Sapioriz. Ellos dicen que se trataba de un restaurante familiar, “nada más porque las chamacas traían su calzoncito hasta aquí (señala el muslo), pero era familiar; ahí venden puro pollo”, se defiende Fidel.

Lo que sucedió fue que cuando los cardencheros estaban terminando de cenar, el traductor les dijo que las muchachas querían tomarse una foto con ellos, pero que la imagen tenía un costo. Entonces, el coordinador les dijo que sí, que se acomodaran. Entre risas nerviosas, Toño dice que en la foto salen abrazados con las muchachas y que por eso el retrato nunca llegó a su pueblo.

Según Fidel esa imagen está en las oficinas de la Unidad Regional de Culturas Populares y de vez en cuando los funcionarios los chantajean diciéndoles que para tal día llegarán a Sapioriz por algunos kilos de pescado (por el río), y que si no, les enseñarán la foto a sus esposas. Entonces, los señores les responden: “Pues ahí si quieren que se acaben los cardenches ustedes saben”, volviendo a ahogar entre risas las palabras que los acusan. Y para rematar, Lupe sale al desquite argumentando que aunque ya saben que no va a pasar nada, de todas formas -y para estar seguros- les llevarán el pescado.

Finalmente, es el mismo Lupe quien trae a colación el viaje que realizaron a Los Pinos, en 2008, cuando les fue otorgado el Premio Nacional de Ciencias y Artes, por el entonces presidente Felipe Calderón. En esa ocasión pudieron llevaron con ellos a sus familias. Fidel narra que los llevaron a conocer Los Pinos, y al día siguiente Josefina Vázquez Mota, entonces secretaria de educación, los invitó a un desayuno donde les regaló una caja con libros; había unos de Diego Rivera, otros de Carlos Fuentes y algunos eran de pintura. “Ahí los tenemos, son librotes así mire (señala con los brazos), donde vienen los murales”, dice Fidel.

Al mismo tiempo, Toño saca a relucir que él todavía no ha acabado de ver los suyos, después de lo cual Fidel explica que cuando regresaron venían tan cargados que creían que les habían regalado azulejo, “por la cajota”.

Los cardencheros están sentados a la sombra de un árbol, contando la historia de sus viajes, de repente se quedan pensativos, agarrando aire y soltando una que otra imagen que les viene a la memoria. “Dios nos ha ayudado, hemos estado contentos donde quiera que hemos andado, por el recibimiento y la respuesta de la gente. Dios nos ha ayudado”, aseguran.

Asimismo, don Lupe afirma que una persona que los ha llevado a varios eventos les ha dicho que ellos traen un ángel, pues donde quiera que se paran ahí convocan a la gente.

Después de una pausa, Fidel sonríe y dice: “Dios nos ha ayudado, estamos muy agradecidos”.

*Genaro Chavarría, otro de los cardencheros, no pudo asistir al viaje a París por causas de salud, pero sí estuvo en Washington y Nueva York. Por motivos personales no pudo estar presente durante la entrevista.

Fuente: vanguardia.com.mx

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