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La enemistad imposible que nadie pudo predecir

3 de enero de 2019 04:38 PM
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El 24 de mayo de 2017, Lenín Boltaire Moreno Garcés se convirtió en el primer presidente postrado en silla de ruedas en la historia de América Latina. Había ganado la Presidencia de Ecuador por apenas 2.3 puntos porcentuales sobre el opositor Guillermo Lasso. El respaldo del expresidente Rafael Correa, que comandó el país los nueve años anteriores, fue fundamental.

Todo eran sonrisas, abrazos y apretones de manos. Sin embargo, la felicidad de Correa por haber garantizado el continuismo de su proyecto político socialista a través de su delfín político pronto empezó a resquebrajarse. Nada más ocupar el Palacio de Carondelet, Moreno anunció que su gobierno sería dialogante y reconstruiría puentes con la prensa, con la oposición y con el sector privado.

El escándalo por los sobornos que la constructora brasileña Odebrecht pagó durante años a múltiples gobiernos de América Latina —incluido el de México—, había estallado unos meses antes, pero Correa siempre mantuvo que su gobierno estaba limpio. Con la llegada de Moreno al poder empezaron los arrestos. En un inicio, el exmandatario se atribuyó el mérito, asegurando en Twitter que “es ingenuidad extrema pensar que el trabajo se hizo en una semana”, pero pronto quedó claro que la mano de Moreno había sido decisiva.

Una de las figuras señaladas era la de Ricardo Rivera, tío de Jorge Glas, vicepresidente de Correa y que repetía en el cargo con Moreno. En agosto de 2017, la Fiscalía inició una investigación contra Glas, y Moreno decidió retirarle todas sus atribuciones, aunque no podía apartarlo del cargo. Correa tomó esto como algo personal e intensificó las críticas a Moreno.

Unas críticas que ya habían empezado un mes atrás, cuando el nuevo presidente aseguró que mientras su antecesor afirmaba que entregaba un país saneado, en realidad había encontrado deudas millonarias por pagar. Esta situación derivó en que, en enero del pasado 2018, Moreno ordenó a la justicia ecuatoriana investigar si en el endeudamiento de Correa hubo algún delito.

FRACTURA INTERNA. El caso es que Glas terminó condenado en diciembre de 2017, siguiendo la publicación de un audio en el que un exejecutivo de ­Odebrecht y el antiguo contralor Carlos Pólit aseguraban que el político pedía sobornos para adjudicar contratos de obra pública. Tras su encarcelamiento, Moreno ya pudo destituirlo.

A medida que se empezaba a fraguar la tensión entre Moreno y Correa, el partido, Alianza País, empezó a sentir las turbulencias, y empezaron las disputas, con la formación de los sectores morenista y correísta. Las disputas entre ambos sectores derivaron en que el partido destituyó a Moreno de su cargo como presidente en octubre de 2017, pero tres meses después la justicia falló que el movimiento era ilegal y restituyó a Moreno.

Correa aseguró que ya no podía formar parte de Alianza País y abandonó la formación para crear un nuevo partido político con el que buscar, posiblemente, regresar a la Presidencia en las elecciones de 2021. Esto, tras haberse mudado a Bélgica porque, afirmó, así se lo había prometido a su mujer.

De hecho, Moreno ya había anticipado esta posibilidad, y en otoño de 2017 convocó un referéndum para reformar la Constitución de Ecuador y eliminar la reelección indefinida, que había introducido Correa en 2015, para limitar los cargos electos a un máximo de dos mandatos. Entre otras preguntas, el referéndum también proponía vetar de la vida política a cualquiera que fuera condenado por corrupción, lo que abría la puerta a destituir a cargos afines al expresidente si eran hallados culpables por el escándalo de Odebrecht.

Aunque Correa regresó a Ecuador durante la campaña para pedir a la población que rechazara los planteamientos de Moreno, el “Sí” ganó con el 67.6 por ciento de los votos, con una participación superior al 82 por ciento.

CÁMARA Y SECUESTRO. Sin embargo, los rifirrafes entre Correa y Moreno no siempre han sido puramente políticos. En septiembre de 2017, el mandatario acusó a su predecesor de haber instalado una cámara oculta en su despacho y de dejarla activada sin avisarle. Moreno llegó a afirmar que Correa podía ver las imágenes en su celular. El expresidente replicó en Twitter llamando “ridículo” a Moreno y pidiéndole que dimitiera.

Este asunto quedó enterrado por batallas legales de mayor peso en los últimos meses. No fue por el caso Odebrecht. Tampoco por el endeudamiento ni por la cámara oculta. La primavera pasada, la justicia ecuatoriana inició una investigación contra Rafael Correa por su supuesta implicación en el intento de secuestro de un opositor en Colombia en 2012.

Más adelante, en julio, la Fiscalía ordenó prisión preventiva para el expresidente, y pidió ayuda a Interpol para arrestar y extraditar a Correa, que había regresado a Bélgica, porque se había negado a presentarse a juicio. Desde entonces la causa penal está estancada, puesto que el antiguo mentor de Moreno se ha negado a regresar e Interpol no ha reaccionado. Este pasado diciembre, tras un nuevo llamado a juicio desde Ecuador, Correa tildó la causa de “complot” y acusó a su delfín de atentar contra la democracia ecuatoriana. Entre tanto, Moreno pidió a Correa que “si es inocente, que venga y lo demuestre”.

EL PROBLEMA ASSANGE. En el fuego cruzado entre el expresidente y el actual líder del país se encuentra Julian Assange, el periodista y activista australiano que fundó WikiLeaks y a quien Correa dio asilo en 2012 en la embajada ecuatoriana en Londres. Ya en julio pasado, el expresidente acusó a Moreno de pactar con Estados Unidos la entrega de Assange, y la realidad es que Moreno no oculta su incomodidad con el asunto.

A inicios de diciembre Moreno invitó al australiano a salir de su embajada y, según la CNN, tiempo atrás discutió con Paul Manafort, el exdirector de campaña de Donald Trump, la posibilidad de entregarle a Assange. Por su parte, el activista denunció en octubre que Ecuador le retiró en marzo pasado la conexión a internet por sus pronunciamientos políticos.

Fuente: cronica.com.mx

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